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Historias de cama y calle


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Hace tiempo sigo este foro. Hoy he decidido contar algunas historias que ocurrieron hace mucho tiempo. Espero sea del agrado de todos ustedes.

Alondra

Parte I

Al Chato lo conocí en el colegio, era uno de los pocos amigos que conservé cuando vine a Lima, quizá el único con el que tuve más confianza. Su mamá se vino a vivir a Lima, después de separarse de su viejo. AL toque se puso a estudiar una carrera corta y encontró una chamba en la mina. Cada cierto tiempo bajaba a Lima es sus días libres y los bolsillos más cargados que los de cualquier chibolo a esa edad. No llegábamos ni a los veinte años. El huevón venía barbón, como decía él, y yo era su pataza y con el único huevón que podía malograrse como quisiera.

—Esta vez sí vamos a divertirnos, carajo —me decía apenas llegaba.

Y uno ya sabía por dónde venía la mano.

El Chato era de esos tipos que podían pasar varias semanas metidos en un campamento, trabajando como mula, comiendo a la hora que les dijeran y durmiendo cuando el cuerpo aguantara, desde chibolo fue así. Pero apenas pisaba Lima, parecía que quisiera recuperar en cuatro o cinco días todo lo que se había perdido durante su encierro minero. Había que salir, tomar unas chelas, comer bien y, por supuesto, visitar alguno de esos lugares que él llamaba, con una naturalidad envidiable, las oficinas.

Yo lo acompañaba de vez en cuando. Tampoco voy a hacerme el huevón a estas alturas de la vida. Había conocido varios chongos en Lima, unos más decentes que otros, y sabía perfectamente a qué iba la gente. Sin embargo, nunca fui de los que necesitaban visitar un chongo cada fin de semana para sentirse vivos. A veces iba por acompañar a mi pata; otras, por curiosidad, y alguna que otra vez porque la arrechura podía más que mis principios, mi cansancio o cualquier otra excusa que uno se invente para quedar bien consigo mismo.

Con el Chato, además, era difícil aburrirse. El hombre tenía una capacidad extraordinaria para encontrar lugares que yo ni siquiera sabía que existían. Podíamos empezar tomando cerveza en un bar de mala muerte de algún cono de Lima y terminar en algún local perdido en la periferia, donde la rica chicha sonaba como si los parlantes estuvieran a punto de pedir auxilio.

Con el conocí los rincones más variopintos de esa Lima que no aparece en las postales turísticas.

Pero la historia de Alondra comenzó en circunstancias bastante menos planificadas.

Por aquellos días yo andaba cachueleando como taxista. No era mi ocupación habitual, pero había que ganarse unos soles y, como suele ocurrir cuando uno trabaja por su cuenta, cualquier carrera servía, siempre que el pasajero pagara y no te dejara una historia complicada para contarle después a la policía.

Una tarde recogí a unos chibolos, como yo, que necesitaban ir hasta Carapongo. Durante el trayecto conversaron entre ellos, hicieron bromas y me preguntaron si conocía la zona. Les dije que más o menos, aunque en Lima decir que uno conoce un lugar significa, muchas veces, que sabe cómo llegar y cómo salir sin terminar dando vueltas durante una hora.

Cuando llegamos, me indicaron dónde detenerme. Me hice el huevón, pero recordé que ya había estado alguna vez ahí con el Chato. El sitio no tenía nada particularmente llamativo desde afuera. Si uno pasaba por allí sin saber qué funcionaba en el interior, probablemente ni siquiera le prestaba atención.

Los patas bajaron y me dijeron que los esperara, si quería.

Calculé que la cosa iba para largo. Apagué el motor, me acomodé en el asiento y saqué el celular para matar el tiempo. Al cabo de unos minutos, la curiosidad pudo más que la paciencia. No tenía nada mejor que hacer, así que decidí entrar a mirar.

No era la primera vez que pisaba un chonguito de esa naturaleza, pero cada establecimiento tenía su propia clientela, sus costumbres y sus personajes. Uno podía encontrarse de todo: chicas que parecían llevar años haciendo lo mismo, otras que todavía conservaban cierta timidez y algunas que tenían más habilidad para conversar que muchos vendedores de tienda.

Me recibió un ambiente sencillo, sin demasiado lujo ni pretensiones. Había varias mujeres, algunas vestidas con lencería y otras con ropa más ligera, esperando a que algún cliente se decidiera. Yo todavía estaba mirando alrededor cuando vi a una jermita que se encontraba sentada un poco apartada de las demás.

Lo primero que me llamó la atención fue que seguía vestida.

Llevaba un vestido floreado, sencillo, de esos que uno podría ver cualquier tarde en un mercado o caminando por alguna calle de Lima. Era blancona, de unos veinticinco años, quizá un poco más, y tenía una figura ligeramente rellenita. No era de esas mujeres que parecen haber salido de una revista ni necesitaba serlo. Su cabello largo rizado, llamó mi atención. Había algo en su aspecto que me hizo detener la mirada: la tranquilidad de su rostro, su manera de estar sentada y esa expresión amable que no parecía exigirle nada a nadie.

Me acerqué.

—Hola, amiga —le dije—. ¿Cómo te llamas?

—Alondra —respondió.

Lo dijo con una sonrisa discreta. Su voz tenía un leve acento que me hizo pensar en la sierra, quizá Cajamarca, aunque nunca se lo pregunté. Hablaba con sencillez, sin esa actitud de quien está apurada por terminar una conversación antes de que empiece.

Le pregunté una que otra huevada, típico de cualquier chibolo de mi edad. Me respondió sin entrar en detalles, y luego me explicó cuánto cobraba por el servicio. No hubo regateos interminables ni conversaciones particularmente ingeniosas. Acordamos el precio y ella se puso de pie para llevarme a una habitación.

Hasta ese momento, yo había entrado por curiosidad. Pero una cosa es mirar desde la puerta y otra muy distinta es encontrarse a solas con una mujer que te ha llamado la atención.

Alondra cerró la puerta y se volvió hacia mí. Se quitó el vestido con naturalidad, sin hacer de aquello un espectáculo. Su cuerpo era tal como lo había imaginado, ligeramente rellenito y de piel clara. Recuerdo especialmente el contraste suave de sus pezones rosados con el tono de su piel. No tenía el cuerpo de una modelo, pero tampoco necesitaba tenerlo. Había algo agradable en su figura, una naturalidad que me resultó más atractiva que cualquier pose ensayada.

Yo ya sabía cómo iba la cosa. Me desnudé también y ella se sentó en la cama.

—Acércate —me dijo, con total tranquilidad.

Me cogió la pinga con una manó y la frotó un poco. Le hice una que otra broma, ella se rio. No se si por compromiso, o de verdad le había hecho reír.

Rompió el empaqué del condón y lo puso despacio en mi pichula, ya bien parada. Terminó de desenrollarlo con boca. Me lo chupó un par de veces, hasta que mi pinga se puso realmente dura.

—¡Qué rico hueles! —continuó, con una media sonrisa.

Mientras me la lactaba, yo le acariciaba las tetas con mi mamo, ella no me decía nada. En un momento, y no se si por inercia, le cogí de la barbilla y levanté su rostro. Ella se quitó mi pinga de su boca y sólo la acaricié. Quería mirarla desde esa posición, ella como que se palteó un poco.

Le pedí que se echará, con mis manos la acariciaba todo el cuerpo y de a poco me fui acomodando encima de ella. Alondra abrió un poco sus piernas y empecé a entrar dentro de ella. En esa posición de misionero, nos miramos frente a frente, noté sus ojos pardos, sus labios semi abierto, jadeando despacito. Era bonita de rostro, pero entendía que no estaba haciendo el amor conmigo, sólo cachaba por el negocio.

No sé cuánto tiempo había pasado cuando ocurrió algo que cambió mi percepción de aquel encuentro.

—¿Por qué no te echas? —me dijo, totalmente serena.

Yo me recosté en la cama y Alondra se puso encima de mí, cabalgando despacio. Obviamente que mis manos no perdieron la oportunidad de agarrarle las tetas. Todo parecía seguir el curso habitual de una relación pagada: uno hace lo que ha venido a hacer, procura pasarla bien y, cuando termina el tiempo acordado, cada cual sigue con su vida.

Ella empezó a gemir, está vez un poco más fuerte. De pronto, ella se apartó. Se puso de pie en el piso y fue a traer rápido papel higiénico.

—Ay, disculpa amigo —dijo, mientras se incorporaba para limpiarse.

Me quedé mirándola, sin entender muy bien qué había ocurrido.

—¿Estás bien? —le pregunté.

Alondra soltó una risita.

—Sí, no te preocupes. Es que…me has hecho venir.

Lo dijo como quien comenta algo perfectamente normal, y después volvió a mirarme con aquella expresión tranquila.

Me quedé medio huevón con esa respuesta. No porque creyera que una mujer que trabajaba en un lugar así no pudiera sentir placer, sino porque nunca me había detenido demasiado a pensar en ello. No soy un pingón ni malogrado, tampoco un chipi.

Hasta ese momento, mi idea de esos encuentros era bastante simple: había un precio, un tiempo y un servicio. Cada quien cumplía su parte y asunto terminado.

Pero Alondra acababa de romper, sin proponérselo, esa pequeña lógica que yo daba por sentada.

No voy a decir que descubrí el amor ni ninguna de esas huevadas que suelen aparecer en los cuentos cuando un hombre conoce a una mujer que le mueve el piso. Ni siquiera la conocía lo suficiente para saber qué pensaba de mí. Apenas sabía su nombre de batalla y el precio que cobraba por estar conmigo.

Lo que sí noté fue que algo había cambiado en la manera en que yo la miraba.

Hasta entonces, el encuentro había sido una transacción. Después de su comentario, empezó a parecerme que estábamos compartiendo algo que no se podía explicar únicamente por el dinero que yo había puesto sobre la mesa. No significaba que ella hubiera dejado de trabajar ni que yo hubiera dejado de ser un cliente. Significaba, sencillamente, que el placer también podía formar parte de aquella historia.

Y Alondra no parecía tener ningún problema en reconocerlo.

Alondra se reincorporó en la cama, la puse de perrito. Su culo blanco tenía una bonita forma en esa posición. Mientras la penetraba esta vez empezó a gemir un poco más fuerte. Yo calculaba que el tiempo se estaba yendo y antes que cualquier huevón me toque la puerta gritando: ¡tiempo! Le dije que se echara de nuevo en la cama. Así en misionero empecé nuevamente a cacharla y esta vez tenía los ojos cerrados y jadeaba más rápido. No sé si por la arrechura o el clásico: ¡ya que chucha! Le estampé un chape que ella no solo correspondió, sino que empezó a jalar mi lengua casi de forma desenfrenada. La bombeé un poco más y me vine con todo el gusto del mundo.

Era la primera vez que cachaba con una puta y terminábamos en esa forma. Me quedé un rato pegado a ella. Alondra metió la mano por debajo y me saco despacio el condón. Tenía una sonrisa como de niña que de alguna forma me dejo hasta orgulloso de mi mismo. Nos cambiamos sin decir nada y nos despedimos con un pequeño chape como de amantes clandestinos.

Cuando finalmente salí de la habitación, los muchachos que había llevado hasta Carapongo seguían por allí. Regresamos a la calle y cada uno continuó con lo suyo. No recuerdo qué conversamos durante el camino ni si alguno hizo algún comentario sobre el lugar. Lo que sí recuerdo es que, mientras conducía de vuelta, me acordaba de Alondra.

No era que me hubiera enamorado a primera vista. Ni siquiera estaba pensando en volver a verla cuando llegara a mi jato. Simplemente, me había quedado dando vueltas aquella reacción suya, tan espontánea, tan poco calculada.

Me había hecho recordar que detrás de cada mujer que uno encuentra en esos lugares hay una persona de la que, en realidad, no sabe casi nada. Y que uno puede pasar toda una noche creyendo que entiende perfectamente lo que está ocurriendo, hasta que una frase sencilla le demuestra que quizá no había entendido tanto.

Unos días después volví a Carapongo.

Esta vez no fue por casualidad ni porque algún pasajero me hubiera llevado hasta allí. Fui porque quería ver a Alondra otra vez. No tenía grandes expectativas ni estaba buscando una historia para contarle al Chato. Solo quería comprobar si aquella primera impresión había sido cosa de un momento o si, efectivamente, había algo distinto en la manera en que nos habíamos entendido.

Cuando entré, ella me reconoció.

—Hola, ¿has vuelto? —me dijo, sonriendo.

—Sí, pues. ¿Te acuerdas de mí?

—Claro que me acuerdo.

Y con esa respuesta, tan sencilla como la anterior, comenzó la segunda parte de esta historia.

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