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AÑORANZA DEL PRIMER AMOR. UN ENCUENTRO CASUAL.


firefingers

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El motivo por el cual escribo esta historia es debido a un encuentro imprevisto con una mujer a la cual, años antes, me brindó sus sueños, su inocencia y un amor sin condiciones.

Sucedió un caluroso noviembre de cielo sin nubes y al interior de las aulas monótonas de la academia Saco Oliveros, ubicada en la avenida Arenales, frente al viejo Museo de Historia Natural.

Las aulas repletas reflejaban la preocupación de muchos jóvenes por alcanzar una vacante en alguna universidad y forjar, de ese modo, un futuro que los ayude a sobrellevar la vida apoyados por una profesión. Eso sería lo ideal ¿Verdad? Pero no, la mayoría eran mocosos que no sabían lo que es fracasar en un examen de admisión, solo una escaza minoría, en las cuales me incluyo, había saboreado ya la agria frustración de un “No alcanzó vacante” y sintiéndose de ese modo presionado para obtener un mejor resultado en el próximo examen y no volver a decepcionarse a sí mismo, no decepcionar a su familia. Los mocosos hacían bulla, no les importaban las clases, solo hacían vida social. Me llegaban al pincho. 

No me considero alguien atractivo, creo que a primera impresión muestro mucha seriedad, pero a manera que entramos en confianza suelo ser la persona más divertida por lo que me han dicho. Mi jale en la academia era mis pocos conocimientos de matemáticas lo que hacía que las chicas se acercaran por ayuda al momento de resolver sus problemas de razonamiento matemático, geometría, aritmética y trigonometría, que eran mis temas fuertes. Mi primera caída en un examen de admisión hizo que me esforzara en los números que eran mi talón de Aquiles, los temas de letras los dominaba al derecho y al revés. 

Cierta mañana llegué tarde y tuve que sentarme al fondo, siempre iba a delante para atender mejor la clase y evitar el ruido de los demás. Creyendo que era el último en haber ingresado a clase me disponía a cerrar la puerta cuando en eso llega una menuda muchacha (no diremos su edad) portando el uniforme escolar de la Saco Oliveros, una blusa, debido al calor y esa faldita ajedrezada con tonalidades rojas y azul marino que dejaba ver sus blancas rodillas sin cicatrices, perfecta. Ella estaba sudando lo que evidenciaba que había venido corriendo sabiendo que ya le era tarde. Nunca la había visto en clases, al menos en mi salón. “¡No cierres, no cierres, no seas malo!” dijo con la voz un poco acelerada. Entró y puso su pesada mochila roja marca Porta al lado de la mía, una imitación de Billabong. 

La clase era de geografía (curso que dominaba también) y al momento de resolver las preguntas con alternativas noté su escaso dominio del tema pues me preguntaba a cada rato como queriendo verificar sus respuestas. Acabado el tiempo el profesor dio las claves y ella vio con asombro como de las 20 preguntas respondí correctamente 18, ella también tuvo 18 buenas debido a que marco igual que yo. “Es la primera vez que saco más de 10 en geografía, ¿A qué carrera postulas?” dijo con una sonrisa al final. “Postulo a …” respondí de modo parco. “Me llamo Andrea (así la llamaremos)” sonrió, “Mi nombre es …”. El profesor dio receso de 10 minutos. En ese tiempo ella, sin que se lo pidiese, me contó sobre su vida, llevaba aún uniforme porque era una niña genio en matemáticas, pero las letras no eran su fuerte, por lo que venía a la academia en las mañanas a reforzarse y en la tarde iba a sus clases si quería o continuaba en la academia con letras. Ella postulaba a Medicina humana porque sus padres eran médicos y querían que su hija siga el mismo rubro familiar, pero ella me decía que en verdad postularía a Literatura por que le gustaba leer y escribir poemas. Le dije que no se necesita estudiar literatura para escribir y que podía hacerlo a la par de ejercer la medicina y de ese modo no dejar su sueño de lado. Le di el ejemplo de como Sábato siendo Físico pudo escribir su trilogía de la cual El túnel era su obra magna y de cómo Asimov era un maestro en la ciencia ficción siendo profesor de bioquímica.

Ella sonrió y abrió los ojos y la boca con asombro, la esperanza le dibujó la sonrisa. Le expliqué mis limitaciones en química y física y decidimos apoyarnos para lograr nuestro objetivo de ingresar a la universidad. Nos quedábamos hasta la tarde en los seminarios o en algún salón vacío para resolver los ejercicios.  Me dijo que vivía por la avenida Salaverry, por el ministerio del trabajo, cuando no nos quedábamos en las tardes en la academia la acompañaba hasta su casa conversando y riéndonos de las ocurrencias acontecidas por maestros y alumnos. Nos hicimos amigos.

Por lo normal la dejaba en una esquina, a dos casas del edificio donde ella vivía. Me daba las gracias por haberla acompañado y le besaba la mejilla como despedida. Cierta ocasión, debido quizá a una descoordinación en el saludo, nos dimos un pico, la sorpresa se dibujó en nuestros rostros, pero una risa se ocupó de calmar las cosas. “Hasta mañana” me dijo con una sonrisa tan diferente a las anteriores. Me estaba enamorando.

Al día siguiente no comentamos nada de lo ocurrido, ahora yo ya me sentaba al fondo con Andrea, ella siempre con su uniforme de colegio. A pesar del calor se sentaba cerca de mí, a mi izquierda. Cuando ella cruzaba las piernas su falda de levantaba un poco mostrando más sus suaves muslos blancos. Yo, con la excusa de rascarme la pierna, aprovechaba en rozar su pierna descubierta con los nudillos, no encontraba resistencia, ella no se alejaba. Me excitaba pensar que Andrea lo hacía apropósito, ya que se apegaba más y colocaba su cabeza en mi hombro mientras miraba la clase. Tuve una erección y ella lo notó. Me dijo: “Ay… estás calentón”. “Un poco, es el calor, comprende” respondí. Ya nos hacíamos bromas en doble sentido. Ella me dio un leve golpe en el vientre y se rio. Me pidió permiso para ir al baño, le hice espacio, no el suficiente, apropósito, para que cuando saliera pueda sentir su trasero rosarme el hombro. Misión cumplida. “Tonto” me dijo. Sonreí, sonreímos.

En el camino a su casa nos sentamos por las bancas de la berma central de Salaverry, flores amarillas cubrían el pavimento y ella me dijo con voz entrecortada por la timidez “¿Te gusta alguien? “Tú” le respondí entre el claxon de algún anónimo chofer y a la sombra de un viejo árbol que lloraba flores amarillas. “No me bromees, pues …” Me sinceré, tomé sus blancas, suaves y pequeñas manos que aún tenían rastro de esmalte negro que se aferraban a sus uñas, le miré a sus ojos claros como esas flores vencidas por el tiempo y la gravedad, ese rostro hermoso y fino que evidenciaba que con el pasar de los años su belleza perduraría más, y que albergaba un pícaro lunar cerca a la comisura izquierda de su boca y le dije: “Me gustas, Andrea, y mucho. Desde que llegaste tarde aquel día y entablamos esa conversación para conocernos mejor. Tu forma de ser, tu dedicación e inteligencia, no eres como el resto. Me gusta verte sonreír y me agrada más la idea de que el motivo de tu sonrisa sea yo. Me gustas Andrea y mucho” Ni bien acabé ella se acercó y me besó. Se notaba que ella no sabía besar, pero que va, me gustó. Le respondí el beso, nos levantamos y le besé la frente, ella pegó su cabeza a mi pecho y me dijo tiernamente “Te quiero”. Fuimos a su casa. 

Al llegar a la esquina disponía a despedirme, pero ella me dijo “Pasa, mis papás están de viaje”. Yo sabía en qué iba a terminar esto, así que entré. Vivía en un tercer piso. Me senté y me trajo limonada. Sus padres eran trujillanos y estaban en un seminario de médicos. Acabé la limonada y fui a la cocina, donde ella estaba. La vi lavando unos vasos y me acerqué por atrás y la abracé y le besaba la nuca ella giró la cabeza y me besó. Se me había erguido el pene y empecé rozarle las nalgas en el abrazo. Ella suspiró con asombro y permaneció inmóvil, mi mano bajó a su muslo y empezó a subirle la falda. Ella giró el cuerpo y me dijo con una sonrisa lujuriosa: “Sácalo, quiero verlo”. Yo, obediente, me bajé el cierre y mi tieso y palpitante miembro salió al exterior reclamando humedad vaginal. Ella lo tocaba toscamente. “Nunca había visto uno, se ve grande” dijo. Yo ya no podía más y acerqué mi pene a sus piernas, ella aún estaba vestida. Me dijo para ir a su cuarto. Entramos, yo aún con el pene afuera. Su cuarto decorado con posters de Alejandro Sanz (para esos años estaba de moda), peluches y adornos de Hello Kitty y de la Pukka. La senté en su cama, la besé, ella frotaba mi pene oscuro, su blanca mano de ángel era lo primero que se acercaba al infierno. Le desbotoné la blusa, se la bajé lentamente y le besaba el cuello, ella seguía frotando mi miembro cada vez dejaba de ser tosca y agarraba tino en su tacto. Ella gemía y arrime su brassiere a un lado y salió una hermosa tetita de pezón rosado que se erguía tímidamente ante el contacto de mi lengua. Ella se alejó un poco (La cagué, dije.) pero solo lo hizo para quitarse los zapatos. Luego fui a ella y le saqué el brassiere, sus pequeños senos ahora me pertenecían. La recosté en la cama. Me desnudé y le retiré las medias y su calzoncito blanco, la falda se la dejé, y ante mí estaba ese tesoro ya perlado por la lubricación, esos labios rosaditos y húmedos reclamando ser besados con pasión y esos pelitos sobre su monte de venus contrastaban con su vulva. Le separé las piernas y procedí a sopearla. Andrea gemía y gemía. “Sigue, me gusta” decía una y otra vez, cada vez con voz ahogada. Saboreaba sus fluidos como un perro sediento. Al retirar mi lengua lentamente, un hilo viscoso de flujo la unía a su vagina ya con los labios abultados. “Sentí que me orinaba” dijo. Únicamente con la falda puesta la acomodé en su cama, boca arriba, introduje mi pene. “Despacio, despacio” dijo con temor. Entré lentamente, sentí como ajustaba. Ella se mordía los labios y no me quitaba la mirada de encima, hasta que cerró los ojos y elevó su mentón, yo le besé el cuello. Estábamos en la pose del misionero. Seguí con las suaves embestidas y me percaté de unas lágrimas. Me detuve y dije: “¿Todo está bien?” Saqué lentamente mi miembro y noté sangré adherida al tronco. Ella había dejado de ser virgen, se volvió terrenal.

“No importa, ya pasó, dolió al comienzo, ahora solo me palpita, pero ya no duele como antes” dijo sollozando. La besé y le dije que la quería. Seguimos, la volví a recostar y se lo hacía lento, ella pidió fuerza y se la di. Sus gemidos entrecortados invadieron su cuarto en coro con el rechinar de su cama. Yo no me cansaba de besar su piel tan blanca como nieve, sus orejas rosadas y sus labios abiertos por el placer. Cambiamos de posición. Me recosté en la cabecera de su cama y ella, sin quitarse la falda aún, se sentó encima de mi miembro y empezó la cabalgata. Al inicio torpemente, luego cogimos ritmo. Sentía su interior cubriendo mi pene, mojándolo de deseo. Andrea se meneaba de adelanta para atrás, de adelante para atrás con una sincronía a mis movimientos. Me miraba a los ojos con una expresión de haber sido poseída por algo nuevo que nunca antes había experimentado a su febril edad, jadeando y con el cabello cubriendo parte de su rostro. Yo besaba sus tetas, las lamía, me las estaba comiendo. Le alzaba la falda para ver como estábamos unidos en el acto sexual. Le quité la falda subiéndola por su cabeza. Cogí su trasero con ambas manos y empecé a empujar con más fuerza. Andrea gimió más, me mordió el hombro. Eso me excitó más. Despertaba una nueva mujer en ella. Descubría los placeres del sexo.

Cambiamos a perrito, antes le hice un beso negro, sintiendo con mi lengua los pliegues de su rosado ano (Yo ya había tenido experiencias con otras mujeres, pero esta vez lo hacía con amor y no era un polvo ocasional o víctima de un despecho). Ella meneaba el culo y arqueaba la espalda. Procedí a meter nuevamente el pene en su empapada vagina y prosiguió el coito. Estaba acabando con los restos de su virginidad. Nuestros genitales impactaban el uno con el otro, ella pedía más y decía “Mierda qué rico, sigue, sigue, sigue”. Y seguí. Ella se vino, yo también. No use condón, así que esparcí mi semen en su espalda. Andrea aún gemía por esa nueva sensación, su orgasmo. Meneaba el culo adelante y atrás como un reflejo. Andrea era marioneta de su éxtasis.

Descansamos, bebimos limonada, nos besamos y nos dijimos cuánto nos queríamos y lo volvimos a hacer hasta la noche. Me vestí, la besé y me fui.  Al día siguiente nos vimos, éramos novios, pero nadie tenía que saberlo, sus padres no debían enterarse, lo ocultábamos puesto que algún profesor o amigo de ella podía contarles. Solo esa semana en ausencia de sus padres lo hacíamos en su casa, su cama y en el sofá. La instruí para que mejore su desempeño oral, al inicio no quería hacerlo, pero su lujuria pudo más. Ya no chocaba sus dientes a mi miembro, ahora usaba con destreza esa lengua al jugar con mi frenillo y el meato, hacia garganta profunda, me besaba el tronco, me chupaba las bolas y me lamía el escroto. Estaba esculpiendo a una loba sedienta de sexo. Lo hacíamos cada vez con más ímpetus y fiereza. Esa mezcla de inocencia en su rostro y lascivia en su sexualidad eran la combinación perfecta. Confieso que me aloco por la carne blanca, quizá por mis experiencias anteriores he creado un arquetipo de mujer ideal, pero que puedo hacer, la carne blanca me arrecha (ver Chilenita rockera y Yo 16 y ella 21. Mi primera vez con una pituca). Amaba a Andrea.

Llegó el día del examen de admisión. Ingresé, pero ella no. En parte me sentí culpable. Andrea entró en depresión, se aisló, ya no asistía a la academia. No respondía el celular. Me preocupé, me deprimí también. Busqué una excusa para ir a su casa y verla. Compré un libro, El Túnel, de Sábato, y fui a su edificio, el plan era decir que le devolvía su libro. Llegué, toqué la puerta, salió una mujer mayor, la viva imagen de Andrea, era su madre. Pregunté por Andrea y que la buscaba para devolverle su libro. Su madre me invitó a pasar, me dio limonada, suspiré en silencio. Me dijo que Andrea, sintiéndose mal por no haber ingresado a medicina, se fue con su padre a Trujillo y que iba a quedarse a vivir allá y postular a la UNT (Universidad de Trujillo). Le di las gracias por la limonada, dejé el libro en la mesa de centro y me fui. Me senté en la silla donde nos declaramos nuestro amor, ya no había flores amarillas en el piso, solo un claxon de anónimo chofer y las ganas de llorar su ausencia y preguntarme el por qué no se despidió. De regreso a casa solo recordaba en el bus esos encuentros sexuales y el amor que nos profesábamos. Andrea se había ido.

Comenzaron las clases en la universidad y el tiempo para pensar en Andrea y en su decisión ya no me afectaban como antes. Conocí amigos con los cuales ya formábamos lazos de amistad al contar nuestras decepciones y sueños, tomando ron a la espalda de la clínica o en el bar el SKY, Andrea se estaba convirtiendo en un grato recuerdo. Pasó el tiempo y la busqué por Facebook, la encontré y le mandé una solicitud de amistad. Luego de seis meses ella aceptó. Por sus fotos pude ver que había ingresado hace poco a medicina, me alegré. Tímidos likes hacían ver que estábamos pendientes el uno del otro. No chateábamos, nos escribíamos por nuestros cumpleaños. Cada vez que veo a una chica con uniforme de la Saco Oliveros o paso o paso por la academia o por su casa la recuerdo inevitablemente. Teníamos que aceptar el presente y reconocer que lo nuestro ya fue. Sé que ahora vivé cerca de su edificio, por el campo de marte. Dejó la carrera porque tuvo un hijo con un enamorado de su aula, luego se casó con un médico quizá porque veía en él lo que no pudo llegar a ser ella. Ahora tiene otro hijo. Solo la veo por fotos, nunca en persona. Ha cambiado bastante.

Hoy me dirijo a jirón Amazonas a comprar libros, ingreso a jirón de La Unión para ir hasta la plaza de armas, hay demasiada gente que va y viene. Odio las multitudes. Casi siempre camino con la mirada extraviada pensando en mis problemas o planes, pero en uno de esos arrebatos en los que soy consciente de la gente alrededor veo que una mujer de peculiar tez blanca viene en sentido contrario al mío. Tiene dos hijos y ese lunar en la comisura izquierda de su boca y esos ojos amarillos como aquellas flores muertas que atestiguaron el primer momento que amé a alguien. La miro, me mira. Intentamos reconocernos a cada paso que damos y nos acercamos. Cerramos los ojos como quién busca algún barco en el horizonte. Una sonrisa a medias entre ambos confirma nuestras identidades. Nos reconocimos, fuimos bombardeados por recuerdos, pero no nos detuvimos para hablar, bastaron las miradas, idioma del alma. Seguimos con el ritmo de nuestros pasos hacia nuestros destinos y fuimos devorados por la multitud, por la vorágine humana de jirón de La Unión.

Espero que Andrea siga manteniendo sus sueños de ser escritora, y así como ahora hablo de ella en este relato, mañana sea yo el protagonista de uno de los suyos.

 

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  • 2 months later...

Wow bro tu narrativa es tan buena que me quede viendo al final y si entiendo ese sentimiento de querer ingresar ya que por mi parte postule 3 veces a san marcos para luego no lograr la vacante y ahora estoy en un instituto siguie mano con tus estudios y suerte

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  • 3 months later...
  • 2 weeks later...

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