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La Tía Maribel


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La noticia corrió en la familia como la pólvora. La tía Maribel se separaba del tío Juan. Durante la comida, María hablaba con Rodolfo, su marido.

 

-Mi hermana está destrozada, pero me dijo que es algo que llevaba tiempo pensando hacer.

 

-¿Pero no te ha dicho por qué? Parecían una pareja tan bien avenida. Bueno, tampoco es que los viésemos tan a menudo.

 

María hizo un gesto con una mano, levantando el dedo meñique y el índice, tratando de que Alberto, su hijo, no se diera cuenta. Pero Alberto, aunque callado, se fijaba en todo. Entendió que el Juan le ponía los cuernos a la tía Maribel.

 

-Bueno, mujer. Por unos cuernecillos de nada...

 

-¡Rodolfo!, el niño.

 

-¿Qué niño?

 

-Agggg, tu hijo, coño. No son cosas que tenga que saber a su edad.

 

-Jajajaja, María. Ya es mayorcito para saber las cosas de la familia. Joder, que ya tiene 18 abriles.

 

-Pero no fueron unos cuernecillos de nada. Por lo visto fueron varias veces. Muchas.

 

-Será que ella no le da lo que él quiere.

 

-Pero mira que eres bestia, Rodolfo. Los hombres, siempre justificándose entre ustedes.

 

Alberto no decía nada, pero escuchaba todo. Hacía mucho que no veía a sus tíos, pues vivían en otra provincia. Se puso a pensar en eso que decía su padre sobre que la tía Maribel no le daba al tío Juan lo que quería. La última vez que vio a su tía fue hacía tres años, y recordaba dos cosas. Que era muy simpática y que tenía el par de tetas más bonitos que conocía. Ella era una mujer de peso normal, no gruesa, pero sus tetas eran grandes. Desde aquel día fue el blanco de su nocturno onanismo. Se pasaba el día intentando atisbar aquellas dos redondeces, meterlas en su mente para por las noches dar rienda suelta a su placer. Ella estuvo una semana en su casa, y el día que la vio con una camiseta no lo iba a olvidar en toda su vida.

 

Blanca, ajustada, con tirantes. No llevaba sujetador. Escote amplio. Los pezones se notaban tras la fina tela. Alberto casi se puso a babear. No entendía como aquellas dos maravillas se mantenían solas, desafiando a la ley de la gravedad. Esa visión lo acompañó más de un mes cada noche, en su cama. Y aún hoy en día, tres años después de vez en cuando la recordaba.

 

-Jajajaja. Es que tenemos que ayudarnos entre nosotros.

 

-Ella lo está pasando un poco mal. Le he dicho que se venga una temporada a casa - dijo María.

 

Los dos hombres dieron un respingo interior. Alberto no era inmune a los encantos de su cuñada.

 

-¿A casa? - respondió Rodolfo, levantado una ceja.

 

-Sí. ¿No te importa, verdad?

 

-Ummm, claro que no. El tiempo que haga falta.

 

-Gracias, eres un tesoro.

 

 Rodolfo sonrió. Se había ganado una buena mamada esa noche.

 

Alberto pensaba en su tía. ¿Habría cambiado en estos años? ¿Seguiría tan hermosa como siempre? La tendría en casa. La vería todos los días. Sólo de imaginarlo, la polla se le puso morcillona.

 

+++++

 

Maribel aceptó la invitación de su hermana para irse a vivir con ellos una temporada. Necesitaba un cambio de aires. Además, hacía tiempo que no los veía. María su hermana, a la que quería con locura. Rodolfo, su simpático cuñado, siempre bromeando con ella, metiéndose con su físico, pero siempre respetándola. Y Alberto, su sobrino, tan tímido, que la miraba con admiración.

 

Hizo las maletas, cogió el tren y se marchó.

 

+++++

 

La fueron a buscar a la estación. Abrazos y besos de las hermanas. Abrazos y besos para su cuñado. Abrazos y besos para su sobrino.

 

-Vaya, Alberto. Eres ya todo un hombre.

 

Alberto se estremeció cuando sintió contra su pecho aplastarse las dos tetas de su tía. Le parecieron duras. Su labios eran cálidos, su piel suave. La recordaba hermosa. Ahora le pareció aún más hermosa.

 

-Venga, chaval - dijo su padre - no te quedes ahí como un pasmarote y cógele las maletas a tu tía.

 

Alberto arrastró las maletas. Se rezagó un poco de los demás. Su madre y su tía hablaban entre ellas. Su padre se adelantó a buscar el coche. Y él, miraba como su tía meneaba su redondo culito.

 

"Joder, pero que buena estás, tía", pensaba, sin apartar la vista.

 

Maribel se dio la vuelta y le sonrió.

 

-¿Puedes tu solo con las maletas, sobrino?

 

-Sí, sí puedo, tía.

 

El coche apreció y paró. Entre su padre y él metieron las maletas. Maribel se sentó detrás. Alberto sintió un escalofrío. Iba a estar más de media hora sentado detrás con ella. Abrió la puerta pare entrar.

 

-Alberto, vete delante con tu padre. Tengo mucho de que hablar con tu tía - dijo su madre.

 

El pobre muchacho maldijo su mala suerte. Se pasó el resto del camino callado, oyendo como su madre y su tía no dejaban de hablar. Hasta su padre terciaba de vez en cuando.

 

Cuando llegaron a la casa, Alberto llevó las maletas a la habitación que habían preparado para Maribel. Era la habitación contigua a la suya.

 

Esa noche, Alberto, acostado en su cama, se acariciaba la polla recordando la presión de las tetas de su tía contra su pecho. Los tres años pasados la habían hecho más apetecible.

 

El orgasmo fue intenso. La corrida, abundante. Manchó las sábanas a pesar de tener preparado, como siempre, papel higiénico para recoger el fruto de su placer.

 

Ella estaba al lado. Sólo los separaba un fino tabique.

 

++++++

 

En cuando Alberto vio aparecer a su tía por la mañana en la cocina, supo que su estancia iba a ser una tortura. Venía con un pijama cortito. La camisa ajustada, con un escote por el que asomaban sus dos impresionantes tetas. Alberto se quedó embobado mirándolas, hasta que Maribel saludó.

 

-Buenos días. He dormido como un lirón. Hola sobrino

 

-Ho... hola tía. Buenos días.

 

-¿Y tus padres?

 

-Mamá está en el salón. Papá ya se fue a trabajar.

 

-Me voy a preparar un cafelito.

 

Con la polla dura bajo la mesa, Alberto miraba como el culito de Maribel se meneaba de un lado para otro mientras se preparaba el café. Sus tetas se agitaban con el movimiento. Subían, bajaban. Se movían hacia los lados. Siempre volviendo a su sitio.

 

Ella se sentó en la mesa, poniendo el humeante café delante. Sus tetas se apretaban contra el borde. Alberto hacía grandes esfuerzos para no mirarlas.

 

-Cuéntame, sobrino. ¿Qué es de tu vida? Estudias Ingeniería, ¿No?

 

-Sí, es mi primer año.

 

-¿Y cómo te va?

 

-Bueno, bien. Por ahora voy tirando.

 

-¿Y de novias como andas?

 

La sangre se le subió a la cara. La notó caliente. Sabía que estaba rojo, y eso lo ponía aún más rojo. Miró a su desayuno pidiéndole a la tierra que se abriera y se lo tragara.

 

-Ahora no tengo.

 

Ni ahora ni antes. Nunca había tenido una chica. Era muy tímido y apenas salía con sus amigos.

 

-Qué raro. Un chico tan guapete como tú, sin novia.

 

Alberto no era un guaperas, pero tampoco era feo. Era resultón. Lo mejor eran sus profundos ojos, pero como casi nunca mantenía su mirada en la otra persona, muchos los desconocían.

 

 La llegada de su madre lo salvó.

 

-Buenos días, Maribel. ¿Has dormido bien?

 

-De maravilla. Muchas gracias por todo, María.

 

-Ay, otra vez con las gracias. La familia está para estas cosas.

 

Ellas se pusieron a hablar y Alberto aprovechó la ocasión para escabullirse, ocultando con sus manos la erección claramente visible en su pijama. Se fue a su cuarto, cerró la puerta y se sacó la polla. La agarró con su mano y empezó una lenta paja recordando las tetas de su tía Maribel.

 

Como todo chico en tiempos de internet, era un experto en tetas. Había visto muchas. Grandes, pequeñas, normales, caídas, tiesas. De todos los diferentes tipos de tetas, había uno en especial, el que más le gustaba. Aquellas que no son separadas. Que nacen justo en el esternón. Que son amplias, redondas, grandes, que llegan casi hasta el sobaco. Y así eran justo las tetas de su tía. Las tetas perfectas.

 

Se corrió imaginando su cara metida entre aquellas dos hermosas masas de carne. Dejó su escritorio con grandes chorros de semen. Cuando estaba muy excitado, las corridas de Alberto eran muy abundantes. Y su tía siempre lo ponía muy excitado.

 

Limpió el desaguisado, se vistió y fue a despedirse. Su madre y su tía seguían dándole a la hebra.

 

-Bueno, me voy a clase. Hasta luego.

 

-Hasta luego, tesoro.

 

-Hasta luego, sobrino.

 

Alberto le echó una última mirada al escote de Maribel y se marchó.

 

-Parece un buen chico - dijo Maribel cuando Alberto se fue.

 

-Sí, lo es. Estoy muy orgullosa de él. Bueno, lo estamos, su padre y yo. Aunque a ver si espabila un poco.

 

-¿Espabila?

 

-Es que es un poco cortado. Muy tímido.

 

-Sí, ya lo he notado. Pero ya se le pasará, mujer. En cuanto encuentre una novia, se espabila enseguida. Jajaja.

 

-Jajaja. Es espero.

 

+++++

 

Pasaron los días y todos se fueron haciendo a la nueva situación. El que mejor se lo pasaba era Alberto. Se hacía una paja al despertarse y otra al acostarse. Muchos días, para la tarde caía otra. Y todas en honor a su tía Maribel y sus hermosas tetas.

 

No se cansaba de mirarlas, de reojo. Sobre todo por las mañanas, cuando ella se levantaba y aparecía con sus pijamitas ajustados.

 

Maribel no era tonta, y enseguida se dio cuenta de como la miraba su sobrino. Se la comía con los ojos. Lejos de molestarle, le encantaba saber que atraía a un joven, aunque fuera su sobrino.

 

Una mañana, se levantó y fue a hacer pis. Antes de salir del baño, se miró al espejo.

 

-Joder, no me extraña que Alberto me coma con los ojos.

 

Tenía una camiseta de tirantes. Sin sujetador. Las tetas se salían por los lados, por el escote. Se pasó las manos por ellas, sonriendo a la imagen del espejo. Pensó en volver a su cuarto y ponerse algo más... decente.

 

-Nah, que disfrute el chaval.

 

Salió del baño y fue a la cocina. Los ojos de su sobrino se abrieron como platos en cuanto la vio. Enseguida desvió la mirada. Maribel, como si no pasara nada, se sentó en frente de él.

 

Alberto se acababa de hacer una rica paja en su cama, y al ver a su tía así, volvió a tener una fuerte erección. Menos mal que tenía puestos unos vaqueros y podía disimular. Pero la polla le dolía allí encerrada, apretada, constreñida, estrangulada.

 

La tía Maribel hablaba con su madre, como si tal cosa. Alberto miraba aquellas dos maravillas.

 

-Me voy a clase - dijo, levantándose con una carpeta delante, tapando el bulto de su pantalón.

 

-Hasta luego tesoro - se despidió su madre.

 

-Hasta luego, sobrino - se despidió Maribel, con una amplia sonrisa.

 

-Chao.

 

Alberto se marchó. María le dijo a su hermana.

 

-¿No vas un poco... ligera?

 

-¿Ligera?

 

-Me refiero a ligera de ropa.

 

-¿Tú crees?

 

-Seguro que Alberto te comía con los ojos.

 

-Nah, mujer. Que soy su tía. Además, seguro que en su clase hay muchas chicas que van más 'ligeras' que yo.

 

-Mejor te tapas un poco. Que aunque Alberto sea tu sobrino, Rodolfo es tu cuñado y si te viera así se lanzaba sobre ti.

 

-Jajajaja. Vale, María. Iré más tapadita.

 

Cumplió su palabra. Nunca más se puso aquella camiseta de tirantes delante de la familia. Pero siguió usando sus ceñidos pijamas. Y siguió recibiendo las furtivas miradas de su sobrino.

 

 

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